24 sep. 2009

En nombre de la rosa

Era una procesión de mujeres con una rosa en la mano. Todas acólitas. Y otras que volvían sin capullo y con el cabo tan mustio como sus miradas en filas colaterales de un lado y otro de la procesión sin atreverse a decir ni pío porque no le podían echar la culpa a nadie más que a ellas mismas. Solitas habían ido a parar a la cueva de su alteza real y solitas se ofrecieron a cuidar el parterre que tanta admiración provocaba en los alrededores y allende las fronteras. Porque era un parterre de las más variadas y exóticas especies que sin siquiera imaginarlo aportaban las acólitas como si fuera el propio y trabajado a expensas del mea culpa que no sabían de dónde pero las tenía de rodillas y las obligaba a seguir con progresivo ahínco en pos de un triunfalismo ¿ecológico?, ¿democrático?, ¿social? Nada de eso, un triunfalismo cortesano y revolucionario a la vez, porque nada desaparece y las monarquías están más vigentes que nunca como pustulosas golondrinas en el seno mismo de toda revolución. Nada mejor que una buena arenga, que la masa haga olas y nos eleve progresivamente en el vaivén hasta la ansiada meta. Arengar por el bien común y los santos evangelios como la mejor e invisible palanca. Nunca había visto tanto mujerío. Las acólitas que iban con la rosa, lozana y apenas entreabierta, parecían tontas serviles yendo a entregar su única y exclusiva rosa al parterre de su alteza, sin imaginar que alguna vez podrían volver, como las otras, con la rosa decapitada. Su alteza dedicaba todas sus horas a la estratégica composición de su parterre que no tenía ni una hoja de imprevisión. Desde el abono meticuloso hasta la más precisa poda, todo estaba hábilmente planeado para deslumbrar al pasante desprevenido. Todos querían conocer a la divina conductora del parterre, devenida rosa tutelar, y contar con su gracia, como si imbuirse de los intensos olores cultivados les devolviera algo de sí mismos. Cuando un viento fuerte y arremolinado, de esos que arrasan imprevistamente, la esparció por doquier como un polvillo, nadie podía creer que la rosa tutelar fuese de confite.

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