1 jun. 2009

Analfabetismo moral

En el film recientemente estrenado The reader, una realización de Daryl sobre el libro homónimo Bernhard Schlink, la segunda guerra y el holocausto forman parte contextual de las vidas que narra y constituyen el drama vinculante y atroz, del que ninguna de ellas parece tener arte ni parte y sin embargo las implica y separa a la vez. Representan la generación de la guerra y la posguerra, enfrentadas en un debate siempre estéril donde una no sabía y la otra no comprende ni perdona pero necesita salvar el agujero negro que existe a sus espaldas. Una necesidad imperiosa de la sociedad alemana y del mundo entero que pese a los años transcurridos seguirá preguntándose por este horror que se mire por donde se mire resulta inexplicable. ¿Cómo se pudo dar y consentir semejante aberración? ¿Cómo fue posible seguir y ejecutar los delirios del führer sin pensar ni cuestionarse los propios actos? Imagino a Hannah Arendt en el juicio a Eichmann, sentada entre el público, haciéndose todas estas preguntas, aguzando todos sus sentidos, tratando de profundizar aún más para plantear alguna hipótesis que le permitiera sacar conclusiones. ¿Ése era el monstruo? Qué decepción para quienes esperaban encontrarse con un estratega del mal, una mente privilegiada al servicio de la maldad. “Era verdaderamente incapaz de expresar una sola frase que no fuera en clisé” “Su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar”, dice Arendt en su ensayo La banalidad del mal. Cumplía órdenes impartidas como si en la retícula de poder a la que pertenecía estuviera a salvo de cualquier evaluación y pudiera abstraerse hasta el punto de olvidar, de ignorar, de no importarle, mandar al cadalso seres humanos. Como borrar números de una lista. ¿No es acaso en menor escala la misma descripción de Hannah Schmitz, la protagonista de la historia de amor en The reader, ex miembro de las SS y celadora de de un campo de concentración en Auschwichtz? Para ella estaba todo claro, hacía lo que le habían ordenado. Tenía que matar diez para que entren otras diez. Un problema matemático. Quizás lo más extraño de todo era su condición de analfabeta, de la que no se puede dudar considerando que el libro fue escrito en base a una historia verídica de boca del mismo doctor Berg, el protagonista. Una mujer analfabeta tan ávida sin embargo de literatura que es capaz de negociar sexo por la lectura de sus favoritos que son llamativamente los grandes popes de todos los tiempos. Una analfabeta que además esconde celosamente su carácter de tal. Le avergüenza a tal punto que no lo confiesa aunque constituya un punto decisorio para su descargo. ¿De qué clase de analfabetismo estamos hablando? Quizás haya existido una Hannah y quizás los hechos relatados respondan a la realidad pero cuesta entender, a menos que se le otorgue un valor simbólico. “Se trata de la generación de la guerra y la posguerra”, dice Schlink acerca de su libro en una entrevista. Desde esa visión, Hannah representa la generación de la guerra, heredera de la República de Weimer, período que dio uno de los movimientos literarios más ricos de la historia alemana. No más nombrar entre otros a Bertold Brech, Thomas Mann, Herman Hesse da idea de la magnitud de la producción literaria de ese período. “Analfabeta”, sería entonces el calificativo menos apropiado que podríamos emplear. Por otro lado resultan cruciales las palabras del profesor de leyes en el transcurso del juicio. Se trataba de una sociedad apegada a la ley, explicaba a su alumno. Mientras fuera legal todo estaba bien aún cuando moralmente resultara inaceptable. Podríamos decir entonces que el analfabetismo de Hannah no es tan creíble como la flagrante ausencia de valores éticos. Un analfabetismo moral que en todo momento le impidió registrar al otro

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