27 sep. 2009

Clarinetistas

Qué dulce suenan los clarines cuando calientan la oreja con música de estrellato y poco importa si son disonantes o consonantes, clarines mayores o simples clarinetes. La cuestión mi amiga es que ahí, en ese preciso punto, se aflojan un poco las rodillas y pese a todo lo que antaño una hubiese podido abominar del exceso de decibeles, del estrecho y mediocre epítome musical, y a las banderas de repudio enarboladas como el live motiv de la propia vida, ahora quiere, necesita que los clarines no se detengan, que la sigan arrullando, ocupar el podio y ser objeto de serenatas celebratorias. Y no está mal cuando se pasó una vida en la vereda de enfrente, apuntando con un dedo acusador y soportando las inclemencias del tiempo que siempre parece ensañarse con los más humildes. Suenan clarines y es fácil renunciar a las bases y dejarse llevar como cualquier pajarillo flauta por los aires. Y convengamos amiga mía, seguirán sonando mientras haya quien le dé letra.

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