4 jun. 2009

…en la esquinita palpita





Llegando a la plaza de mi barrio, cuando todavía reinaba el empedrado y el carro del lechero era de tracción a sangre, se escuchaba la música convocante de la calesita. Música organillera de escasas variantes que atraía a los pibes como canto de sirena. Apuraba el paso para alistarme en la próxima vuelta. Felicidad y desafío de entronarme en el más disputado de los personajes. Ni el ñandú ni el dromedario que estaban en el centro, menos el autito o el aeroplano que eran para bebés. Anhelaba el caballo blanco de lujosos arneses que subía y bajaba al galope. Tres minutos de cruzada heroica alrededor del pequeño mundo con un pie en cada estribo y prendida al barrote que no debía soltar. Ni loca lo soltaba, el caballito era mío hasta el último centavo, siempre que no sacara la sortija y me ganara una vuelta más. Los más grandes, colgados de las barras y medio cuerpo afuera, tenían todas las de ganar. ¡A mí! ¡A mí!, gritaban manoteando la sortija que don Cosme, el calesitero, agitaba tentadoramente. Una lucha despareja y la posibilidad remota. Estaba en franca desventaja pero no vencida. Todavía me quedaba la última moneda y una chance de género. Don Cosme pasaba cortando boletos. Nos conocíamos bien, una vez me había dejado espiar detrás de los biombos a condición de guardar el secreto. Estaba intrigada por ver de dónde salía la música y abrió la misteriosa puerta. El corazón de la calesita guardaba los engranajes que le dan movimiento y el organito, un gran tambor forrado en madera y tachonado de clavos que, al girar, arrancaba melodías. Compartíamos un secreto y ahora sin embargo se olvidaba de mí. La ofensa era grande pero involuntaria y estaba dispuesto a repararla. La calesita se puso nuevamente en marcha. La sortija fue sorteando las manos de los ansiosos hasta llegar a la mía. Engaché el aro en un dedo y seguí viaje con el trofeo en alto. Me tocaba una vuelta de yapa y en buena ley.

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