22 may. 2015


Henri Meschonnic

El ritmo: un continuo entre el lenguaje y la vida

La manera de comprender el ritmo puede cambiar toda la representación que tenemos del lenguaje… y la representación que tenemos del lenguaje juega un rol fundamental y no reconocido la mayoría de las veces por la representación que tenemos de la sociedad, de cómo los seres humanos conviven.  Es el combate entre el signo y el poema. Llamo signo a lo que los lingüistas en general llaman signo, una representación binaria del lenguaje donde las palabras se suponen constituidas por la combinación de dos elementos heterogéneos entre sí – sonido y sentido,  forma y contenido. Esta representación binaria del ritmo es del orden del discontinuo entre sonido y sentido porque el sonido en sí mismo no tiene sentido. En la enseñanza tradicional esta representación del lenguaje es tomada como la verdad sobre la naturaleza del lenguaje. Ahora bien, esta representación tiene una historia. Podríamos decir que prácticamente fue Platón quien la inventó porque antes que él, el ritmo, era el continuo de Heráclito, la idea de un movimiento continuo de cosas, del lenguaje. Para reflexionar sobre la música y la danza Platón introdujo la noción de regularidad, de medida y de proporciones matemáticas, por lo que el ritmo es conocido desde Platón de manera binaria: un tiempo fuerte, un tiempo débil, el mismo y el diferente, regularidades e irregularidades…. Un binario y un discontinuo interno. Y es exactamente lo mismo para la representación del lenguaje según el signo: lo que los lingüistas llaman “signo”, no es más que un punto de vista sobre el lenguaje. Un punto de vista del orden del discontinuo y en nuestra cultura tenemos que tratar con dos discontinuos que se retroalimentan entre sí: el discontinuo interno del signo y el discontinuo interno del ritmo. Ahora bien, a partir de mi trabajo de traducción sobre poemas del hebreo bíblico –lengua que aprendí tarde y en forma autodidacta pero que trabajé mucho-, planteo otro punto de vista. Tomando conciencia de que en la Biblia en hebreo no hay ni verso, ni prosa, y que todo en ella es ritmo, pude tener un punto de vista exterior al punto de vista europeo del signo. Tomé conciencia de que el signo no es sino un punto de vista,  al que opongo otro punto de vista, el del continuo entre el cuerpo y el lenguaje. El representante del cuerpo en el lenguaje no puede ser otro que el ritmo pero nunca en el sentido del discontinuo de Platón sino como organización del movimiento de la palabra en el lenguaje. La palabra, el ejercicio del lenguaje por un sujeto, por cualquiera que hable o escriba. 
En el signo, en el sentido de los lingüistas,  la oralidad es comprendida como el sonido que se escucha en la palabra y que se opone al escrito, de manera que lo oral está completamente confundido con el habla. Si el ritmo, es la organización del movimiento de la palabra en el lenguaje y en la escritura, si la literatura o la poesía, es la invención por la sensibilidad y por el pensamiento, de una expresión que hasta allí jamás tuvo lugar, la palabra es del sujeto. Lo que transforma la noción de oralidad, porque entonces, no se confunde más con el habla, con lo  sonoro. La oralidad es del sujeto que escuchamos. Una especificidad y una historicidad que escuchamos. Por ejemplo, que tal palabra sea la que encabece la frase, es un ritmo. O también que sea la última de la frase, es un ritmo. O incluso cuando hay un ataque consonántico,  un ritmo de repetición, un ritmo sintáctico o un ritmo prosódico. Todos estos elementos contribuyen al ritmo, en sentido general como organización del movimiento de la palabra. Es el continuo cuerpo-lenguaje. 
Pero a partir del momento en que definí la palabra como expresión de un sujeto, me vi obligado a reconocer que este movimiento de la palabra es un acto ético. Entiendo por tal un acto que tiene como objetivo la constitución de un sujeto. Puesto que el sujeto inventa su pensamiento y la invención de este pensamiento –cuando está entendido o leído por otros- transforma también a los sujetos que leen o escuchan. No es el poeta el que hace el poema, es el poema que hace al poeta. A partir de allí, me vi obligado a ampliar la noción de lo que llamamos un poema. Y que no tiene nada que ver con las definiciones formales tradicionales como forma y contenido. Definí el poema como la transformación de una forma de lenguaje por una forma de vida y la transformación de una forma de vida por una forma de lenguaje, por lo cual es posible reconocer que hay un poema dentro de lo que llamamos “novela”. Las grandes novelas son grandes en tanto hay un poema en ellas así como los grandes textos filosóficos  son poemas del pensamiento.  Es por eso que escribí un libro sobre Spinoza, que releí y analicé en latín, en su latín, y a ese libro lo llamé Spinoza, poema del pensamiento. Extender así la noción de poema, implicando una interacción entre vida y lenguaje, conlleva la crítica a la oposición tradicional que hacen los filósofos entre el lenguaje y la vida. Esto es porque los filósofos se inscriben en el signo, en todos los dualismos en serie del signo: la oposición entre el sonido y el sentido, la forma y el contenido, el individuo y la sociedad,  las palabras y las cosas, el afecto y el concepto, que oponen finalmente el lenguaje a la vida… El academicismo del pensamiento se inscribe completamente en el signo y a partir de lo que yo llamo poema, critico la filosofía como cómplice y beneficiaria del signo, lo mismo que todas las representaciones clásicas del lenguaje que son efectos epistemológicos, culturales y sociales del signo. 
El continuo que supuse entre el cuerpo y el lenguaje hace que no haya más por un lado sentido y forma por el otro sino una continuidad que nombro significación.


Fragmento extraído de la entrevista realizada por Mélanie Bourlet y Chantal Gishoma, el 2 de Noviembre de 2007