16 ene 2013

Los dos mil y un siglos


Tanto la noche dura un siglo como un siglo  corre de principio a fin en una sola noche. Siempre el tiempo manipulable desde su génesis, el origen en la perpetua manía de cambio que llevó al simio hasta el packman y volvió realidad a la  ficción y viceversa. Aunque la realidad vuelta ficción —hay que decirlo— supere toda realidad. Le digo a mi amiga Rahid: sugiero mantenerse en la frontera. ¿Border?, preguntó. Y bueno, sí, border, limítrofe, como quieras pero hay que negociar, la realidad estricta es insoportable. Mi propuesta es la siguiente: primer paso, constatar que efectivamente se alcanzó esa zona donde realidad y ficción se encuentran infinitamente  próximas. El lunar de Rahid en el medio de la frente la tenía clavada  a la pared. Es muy sencillo, cuesta muchísimo sostenerse en esa zona resbalosa. Segundo paso: resistir. ¿Cómo?, preguntó Rahid. Igual que una trapecista: tutú arrepollado, zapatillas de punta y aferradas a la sombrilla. Desde ese mirador podrá verse la encrucijada como una rosa de los vientos, realidad y ficción traspasadas por el tiempo y su inversa. Un triángulo de las Bermudas o la conejera de Alicia en el país de las maravillas. Las mil y una noches son ahora los dos mil y un siglos y los cuarenta ladrones de Alí Babá se multiplicaron varias veces. La montaña se abrió de verdad, sésamo ábrete y los que una vez fueron ladrones en la ficción, son hoy llaneros solitarios de la realidad: Haio Silver! Salen del centro de la tierra después de haber seguido por siglos un curso de ética. Metamorfosis sólo perceptible desde ese borde como un palco sobre el escenario. Rahid, ¿te conté que Alicia by Carroll tuvo gemelos? Gigantes. Vaya uno a saber con quién, la nena ésta se hacía muy la inocente pero estaba tan adelantada.... Unos pibes enormes, los gemelos más altos del mundo. Le costó mantenerlos, qué se les da de comer a muchachos con semejante físico, no hay nada que les baste. Estiraba la mano y cazaba lo que sea con tal de no verlos derrumbados de hambre. Amor de madre, nada más grande, hay millones de madres en el mundo pero hijos son hijos. Claro, desde tamaña altura la perspectiva a los muchachos se les iba por la tangente, imaginate que a la realidad, con lo petisa que es, siempre la pasaban por alto. Y la rabia que les daba a los ladrones...

9 sept 2012

Mi versión de Artémis de Nerval


No se puede poseer el misterio 

Es llamativa la cantidad de versiones que existen de este poema, inacabable en sí mismo. Incluso la cantidad de variantes que yo misma me propuse sin poder descartar ninguna, y la eterna insatisfacción… La decimotercera atrae como un pulpo, tienta saber, acercarse lo más posible para verle la cara y tal vez coquetearle un poco. Tan cerca como sería posible que nos soplen la llama del farol hasta la total oscuridad, en el límite infinito de la salvación. Tientan las jóvenes vírgenes santas y puras que dan a luz los deseos de otras o caminan con su cruz en inacabable martirio. Y el poema vive. 
 
 
Artémis
 
La Treizième revient... C'est encor la première ;
Et c'est toujours la Seule, - ou c'est le seul moment :
Car es-tu Reine, ô Toi! la première ou dernière ?
Es-tu Roi, toi le seul ou le dernier amant ? ...
 
Aimez qui vous aima du berceau dans la bière ;
Celle que j'aimai seul m'aime encor tendrement :
C'est la Mort - ou la Morte... Ô délice ! ô tourment !
La rose qu'elle tient, c'est la Rose trémière.
 
Sainte napolitaine aux mains pleines de feux,
Rose au cœur violet, fleur de sainte Gudule,
As-tu trouvé ta Croix dans le désert des cieux ?
 
Roses blanches, tombez ! vous insultez nos Dieux,
Tombez, fantômes blancs, de votre ciel qui brûle :
- La sainte de l'abîme est plus sainte à mes yeux !
 
 
Artemisa
 
De nuevo la Trece… Es también la primera;
Y siempre la Única, - o  el momento señero:
Pues tú Reina, oh Tú, ¿eres la primera o la última?
¿Eres tú Rey, tú el único o el último amante?...
 
Ama a quien te amó desde la cuna en andas;
La que yo solo amaba me ama aun tiernamente:
Es la Muerte –o la Muerta… ¡Oh delicia, oh tormento!
La rosa que ella lleva, es la Malvarrosa.
 
Santa napolitana de manos en llamas,
Rosa de corazón violáceo, flor de santa Gúdula,
¿Encontraste tu cruz en el desierto de los cielos?
 
Rosas blancas, ¡caigan! Insultan a nuestros Dioses,
Caigan, blancos fantasmas, de vuestro cielo que arde:
-La santa del abismo ¡es más santa a mis ojos!

7 sept 2012

Un poema de Gérard de Nerval

Les Cydalises

 

Où sont nos amoureuses?
Elles sont au tombeau.
Elles sont plus heureuses,
Dans un séjour plus beau!

 
Elles sont près des anges,
Dans le fond du ciel bleu,
Et chantent les louanges
De la mère de Dieu!


Ô blanche fiancée!
Ô jeune vierge en fleur!
Amante délaissée,
Que flétrit la douleur!


L’éternité profonde
Souriait dans vos yeux ...
Flambeaux éteints du monde,
Rallumez-vous aux cieux!

Las Cydalisas

¿Dónde están nuestras amantes?
Están en la tumba.
Están más felices,
¡Pasándola mejor!
 
Cerca de los ángeles,
En el fondo del cielo azul,
¡Cantan las alabanzas
De la madre de Dios!
 
¡Oh blanca novia!
¡Oh joven virgen en flor!
¡Amante abandonada,
Que marchitara el dolor!
 
La eternidad profunda
Sonreía en tus ojos…
Antorchas apagadas del mundo,
Vuelvan a encenderse en los cielos!
 
 
Cydalisa es un nombre tomado del teatro del siglo XVII y utilizado genéricamente para designar a las jóvenes enamoradas de los artistas bohemios.
 
“Como sombra de las marquesas de otros tiempos, deambulaba por la fantástica habitación, con un toque de polvo en sus cabellos rubios y una rosa pompón en la mano, esta bella y delicada Cydalisa, pastel sin marco, que debía borrar, a la salida del baile, su acre aliento a beso.” (Gautier,Historia del romanticismo)
 

25 oct 2009

Volantera


Me decidí por la populosa esquina de Cabildo y Juramento, punto fastidiosamente burgués pero permisivo a condición de no perturbar su frivolidad. No me hubiera atrevido en la legendaria Corrientes y Montevideo, santuario de mitos, vanguardistas oficializados, equilibristas entre el poder y la gloria y reblandecidos nostálgicos. Pensé también en la plaza Serrano, donde se dan cita los artistas de culto y la posmo que pasea sus instalaciones sin piedad de los ocasionales paseantes. Ahí sí hubiera sido bueno, pero el ánimo no me daba para que me endilguen una onda retro y me miren como pieza de museo.
Como dije, elegí la esquina de Cabildo y Juramento angosta, o sea del lado oeste y más congestionado, en el centro geométrico de la ochava y vapuleada por la turba que avanzaba a los empujones. Una bolita primorosa ofrecía, pollerón de por medio, su lencería de encajes sobre la vereda y una promotora de celulares, con gorra y remera marketinera, repetía un speech que nadie parecía escuchar. No había contado, como cabe a la suficiencia, con la plaga de competidores. Se trataba de difundir y el desafío consistía en que acepten nuestro papelito y lo lean antes de hacer un bollo y tirarlo unos pasos más adelante. Muchos peatones con los minutos contados, o hartos de volantes, o las dos cosas, no los recibían o recibían sólo algunos y otros los pasaban por alto. La cuestión era que nadie quería quedarse con el volante en la mano. La entrega no tenía nada de lucrativo, un volante más o menos no les cambiaba la vida, pero lo tomaban como algo personal y se jugaban por la aceptación. No es fácil, algunos apuestan a la imagen, otros a la simpatía, pero nunca falta el radical que prefiere deshacerse de la competencia. El insolente chasqueaba los dedos y pretendía que me largara cuanto antes como si no me asistiera igual que a todos, el derecho a permanecer en esa esquina, más cuando estaba en franca desventaja y no era una amenaza para nadie. Lo mío era casi artesanal, por computadora y en modo econofast para ahorrar tinta del cartucho. Estaba lejos de competir con el offset, la impresión digital, los dípticos y trípticos a todo color que se repartían a troche y moche, para beneplácito del público que encima lo agradecía. Pero toda injusticia promueve un paladín y en mi auxilio vino una chica de pelo rubio y piernas tan largas que parecía andar sobre zancos, dos pasos y estaba en la otra punta de la ochava, y me cobijó bajo su ala. Tenía oficio. Aquí y allá, le recibían el volante que no sólo leían sino que, me consta, doblaban cuidadosamente antes de guardarlo. Parecía fácil, tender la mano y entregar un papel. Sin embargo tenía sus bemoles y mi suerte no era la misma. Muchos hacían directamente NO con el dedo y pasaban de largo. Los más me recibían el volante pero lo tiraban en el acto sin la menor conciencia ciudadana. Según la rubiecita me faltaba estilo y un poco de picardía en la selección del destinatario y se propuso iniciarme en los secretos del oficio. Total, nuestros targets eran tan diferentes que no habría interferencia. Ella promocionaba un spa para excedidos de peso y le venían bien casi todos: obesos en distintos gradientes de concentración adiposa, con unos kilitos demás, en peso pero con el fantasma de la gordura, pero el target de un libro como el mío era mucho más complejo y me aconsejó algunos recortes. De movida descartó fisicoculturistas, patovicas, esculpidas con siliconas, bronceados en cama solar y caras estiradas como una sábana, ya que es imposible desarrollar dos cosas al mismo tiempo. En mi lugar, decía la rubiecita, tampoco perdería el tiempo con los trajeados de attaché, proclives al sex shop y revistas de alto voltaje, ni con los maduros de look adolescente o los carilindos que van diciendo aquí estoy y no se despegan del espejo. Difícilmente estarían interesados en un libro de las características del mío que, según le había comentado, parecía devolver una imagen poco complaciente de nosotros mismos. Imaginate, una vida ocultando la fealdad para verla en un libro que encima no es gratis, dijo muy atinadamente, y enseguida la pregunta de cajón. Por qué no escribía algo más viable, que deparara ilusiones al lector y me proporcionara el tan necesario contante y sonante. Le comenté mis intentos con una historia de abducción cuya protagonista, una ignota y añosa escritora, era trasladada a millones de años luz y depositada en los comienzos de una nueva civilización, al estilo de una Lilith alienígena, que borrara con el codo todo lo que escribía con la mano. La idea me entusiasmaba, digo, era como recuperar el paraíso desde una óptica satánica, pero después concluí que se necesitan condiciones especiales para vivir en otro planeta y la abandoné hasta mi próxima vida. Agradecía su interés pero el quid de la cuestión era otro, si alguien supiera de su existencia tal vez habría interesados en mi libro que por ahora seguía amocosándose en las estanterías sin la mínima oportunidad de ser encontrado y no estaba dispuesta a esperar sentada hasta que se diera la coyuntura. En el colmo de la ingenuidad, me había propuesto corroborar cómo marchaban las cosas y entrado en una librería al azar de Palermo Soho. La vendedora no recordaba ni el título pero le expliqué mis razones, dije que era la autora en persona (no sé por qué esperaba que muriera de emoción), y accedió a buscar los datos en la computadora: cantidad de ejemplares recibidos, salidas por venta y el stock. Hasta el momento no presentaba variantes. ¿Y entonces? Que no se vendió ni uno solito, dijo con innegable tono de sorna y siguió dándome lata, del tipo “no se desanime” “hay que darle tiempo”, para no dejarme ir tan maltrecha.
Pero esa mina, le explicaba a la rubiecita, que no habría leído un libro en su vida y dudaba que tampoco le dieran las neuronas, no tenía la menor idea de con quién estaba tratando. Fue el impacto inicial, una vez en la calle recuperé el aliento y caí en la realidad. Me di cuenta que las reglas son otras, que el mundo evoluciona y no basta con ser intelectual, ni asistido por el genio, ni tener un libro editado por mejor que sea, y que de nada sirve rebelarse contra el sistema, ni cargarle las tintas al editor que también tiene que pucherear. Hoy para escribir un libro se necesita una formación de tipo holístico que contemple el proyecto desde la idea hasta el consumidor final. Y como soy una mujer decidida, le seguía diciendo a la rubiecita, y cada uno es dueño de su destino, me decidí a responder al imperativo del momento y ahí estaba, estrenando mi nuevo perfil de escritora, publicista y manager en presentación compacta.

27 sept 2009

Clarinetistas

Qué dulce suenan los clarines cuando calientan la oreja con música de estrellato y poco importa si son disonantes o consonantes, clarines mayores o simples clarinetes. La cuestión mi amiga es que ahí, en ese preciso punto, se aflojan un poco las rodillas y pese a todo lo que antaño una hubiese podido abominar del exceso de decibeles, del estrecho y mediocre epítome musical, y a las banderas de repudio enarboladas como el live motiv de la propia vida, ahora quiere, necesita que los clarines no se detengan, que la sigan arrullando, ocupar el podio y ser objeto de serenatas celebratorias. Y no está mal cuando se pasó una vida en la vereda de enfrente, apuntando con un dedo acusador y soportando las inclemencias del tiempo que siempre parece ensañarse con los más humildes. Suenan clarines y es fácil renunciar a las bases y dejarse llevar como cualquier pajarillo flauta por los aires. Y convengamos amiga mía, seguirán sonando mientras haya quien le dé letra.

24 sept 2009

En nombre de la rosa

Era una procesión de mujeres con una rosa en la mano. Todas acólitas. Y otras que volvían sin capullo y con el cabo tan mustio como sus miradas en filas colaterales de un lado y otro de la procesión sin atreverse a decir ni pío porque no le podían echar la culpa a nadie más que a ellas mismas. Solitas habían ido a parar a la cueva de su alteza real y solitas se ofrecieron a cuidar el parterre que tanta admiración provocaba en los alrededores y allende las fronteras. Porque era un parterre de las más variadas y exóticas especies que sin siquiera imaginarlo aportaban las acólitas como si fuera el propio y trabajado a expensas del mea culpa que no sabían de dónde pero las tenía de rodillas y las obligaba a seguir con progresivo ahínco en pos de un triunfalismo ¿ecológico?, ¿democrático?, ¿social? Nada de eso, un triunfalismo cortesano y revolucionario a la vez, porque nada desaparece y las monarquías están más vigentes que nunca como pustulosas golondrinas en el seno mismo de toda revolución. Nada mejor que una buena arenga, que la masa haga olas y nos eleve progresivamente en el vaivén hasta la ansiada meta. Arengar por el bien común y los santos evangelios como la mejor e invisible palanca. Nunca había visto tanto mujerío. Las acólitas que iban con la rosa, lozana y apenas entreabierta, parecían tontas serviles yendo a entregar su única y exclusiva rosa al parterre de su alteza, sin imaginar que alguna vez podrían volver, como las otras, con la rosa decapitada. Su alteza dedicaba todas sus horas a la estratégica composición de su parterre que no tenía ni una hoja de imprevisión. Desde el abono meticuloso hasta la más precisa poda, todo estaba hábilmente planeado para deslumbrar al pasante desprevenido. Todos querían conocer a la divina conductora del parterre, devenida rosa tutelar, y contar con su gracia, como si imbuirse de los intensos olores cultivados les devolviera algo de sí mismos. Cuando un viento fuerte y arremolinado, de esos que arrasan imprevistamente, la esparció por doquier como un polvillo, nadie podía creer que la rosa tutelar fuese de confite.