Mostrando las entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

23 feb 2013

Entre dos mundos



A veces, como en este caso, es tal la potencia del mundo al que uno accede, su captación, que es necesario dejar pasar algún tiempo para hablar en perspectiva y poder dejar constancia de la experiencia que significó entrar en la visión del autor y sentirse tan hondamente marcado por su relato. No hay duda que siempre hay ingredientes de orden subjetivo que hacen de sopapa y nos ligan a la representación de modo particular pero El Africano de J.M.G. Le Clézio es una de esas joyas literarias que perdurarán inagotables en el tiempo, permitiendo infinidad de miradas y ángulos de abordaje. El relato es autobiográfico y el título refiere al padre, médico, especialista en medicina tropical, originario de la colonia británica de la Isla Mauricio y formado en Londres. Ejerce dos años en la Guyana británica como médico itinerante por los ríos y luego en África donde permanece más de veinte años. El estallido de la segunda guerra mundial le hace perder contacto con su familia, a la sazón en Francia esperando el advenimiento de su segundo hijo. No vuelve a verlos hasta ocho años más tarde, estableciéndose una brecha en el vínculo paterno filial difícil de zanjar. Por un lado el niño que había pasado sus primeros y fundamentales años en Francia, en el seno de una familia burguesa, marcado por el terror de la guerra, y por otro el padre que, a costa del sufrimiento, la soledad y las inclemencias de la vida en África, se había transformado en un hombre hosco, intratable, extremadamente severo.

Terminé la lectura del libro, conciso, apenas ciento treinta páginas de un formato de bolsillo que incluye fotos, totalmente conmocionada, preguntándome cómo se sobrevive a esta historia de profundas escisiones, cómo se franquea un abismo tal entre padre e hijo, cómo se construye en medio de dos culturas tan opuestas. La respuesta, creo, está en una madre apenas mencionada pero de innegable presencia, como una roca en el sostenimiento de su familia, y fundamentalmente en África, en la fuerza arrolladora de su naturaleza salvaje, en sus ríos, en sus vientos que mecen los pastizales de la infinita llanura, en los termes, la aridez y el rojo de la laterita, en los cuerpos desnudos de los nativos, en el total despojamiento. África significa aproximación a la verdad, da respuesta a la identificación con el padre, los reúne y los cobija en su vientre gigantesco. África se hace presente con tal intensidad que penetra por los poros, como si en un ida y vuelta, haciéndose eco del paisaje, el relato se despojara hasta su más elemental expresión y permitiera un mágico intercambio de sensaciones.

Un libro hermoso, editado por AH, al que colabora la muy buena traducción de Juana Bignozzi. Otra revisión de la figura paterna, de las tantas que por casualidad o causalidad he leído y debería sumar a una entrada anterior El padre revisitado.  

Extraje un fragmento que expresa con total precisión una polarización de la cual pocos, creo, podrían salir indemnes sin encontrar un camino en el arte:



Recuerdo la violencia. No una violencia secreta, hipócrita, aterradora como la que conocían los niños nacidos en medio de una guerra, ocultarse para salir, espiar a los alemanes con capote gris robando los neumáticos del De Dion-Bouton de mi abuela, escuchar en un sueño rumiar historias de tráfico, espionaje, palabras veladas, mensajes de mi padre que llegaban a través de Mr. Ogilvy, cónsul de Estados Unidos y, sobre todo, el hambre, la falta de todo, el rumor de que las primas de mi madre se alimentaban de desperdicios. Esta violencia no era de verdad física. Era sorda y ocultada como una enfermedad. Yo tenía el cuerpo minado por ella, ataques irreprimibles, migrañas tan dolorosas que me ocultaba debajo de la carpeta de la mesa velador con los puños hundidos en mis órbitas.

Ogoja me daba otra violencia, abierta, real, que hacía vibrar todo mi cuerpo. Era visible en cada detalle de la vida y de la naturaleza que me rodeaba. Tormentas como nunca volví a ver ni a imaginar, el cielo de tinta rayado por los relámpagos, el viento que doblaba los grandes árboles de alrededor del jardín, que arrancaba las palmas del techo, que se arremolinaba en el comedor ni pasar por debajo de las puertas y que apagaba las lámparas de petróleo. Algunas noches, un viento rojo llegaba del norte y hacía brillar las paredes. Una fuerza eléctrica que debía aceptar, domesticar, y para la que mi madre había inventado un juego: contar los segundos que nos separaban del impacto del rayo, oírlo llegar kilómetro a kilómetro, luego alejarse hacia las montañas. Una tarde mi padre operaba en el hospital cuando el rayo entró por la puerta, se extendió por el suelo, sin ruido, fundió las patas metálicas de la mesa de operaciones y quemó las suelas de caucho de mi padre; luego se le unió el relámpago y huyó por donde había entrado, como un ectoplasma, para volver al fondo del cielo. La realidad estaba en las leyendas.










5 feb 2013

La palabra como legado




Las madres no les decimos esas cosas a sus hijas

de Federico Jeanmaire

 

Hacía rato que no leía a Jeanmaire. Recuerdo que recibí con alegría y satisfacción la noticia del premio Clarín por Más liviano que el aire porque es un escritor que valoro y ese día le escribí unas líneas para decírselo. Pasó el tiempo y por esas cosas del exceso de marketing que siempre me disuade en contrario, nunca lo compré. Puro prejuicio pero me pasa y termino comprando algún otro título de  bajo perfil, de los que se recomiendan de boca en boca. Lamentablemente, porque ahora me costó conseguir un ejemplar que, además, pagué a precio actualizado. Me entró la urgencia cuando leí Las madres no les decimos esas cosas a sus hijas, de aparición posterior, con el que, según reza en la contratapa forman un díptico. Un título que en realidad, seguramente por resonancias de orden subjetivo (las madres son cosa seria), me hacía un poco de ruido y lo compré no muy decidida. Cuando las expectativas no son tantas la sorpresa tal vez sea mayor pero realmente es uno de esos libros con los que uno se apoltrona y no puede abandonar hasta el final. Me cautivó el tema, el formato y la excelente prosa de Jeanmarie que explora los límites entre la vida y la muerte, el punto crítico donde la supervivencia entra en discusión, en una inquietante propuesta encarnada por un matrimonio de jubilados signados por la tragedia, en el punto donde todas las puertas se cierran y deciden una salida digna. Soliloquio dirigido a la gran ausente, hija de ambos, que graban en una serie de dividís. La  voz íntima y familiar de la mujer, con escasas y esporádicas intervenciones de su marido, deja constancia de una vida juntos. Impacta que en medio de tanto dramatismo se pueda hablar de felicidad, rescatar momentos, reconocer el amor. El legado familiar de él parece alinearlos en un destino común, confirmar una identidad y darles algún consuelo. Anclaje para situarlos en contexto y liberarlos en alguna medida de la responsabilidad de una decisión. Un libro para no olvidar.

1 jun 2009

Analfabetismo moral

En el film recientemente estrenado The reader, una realización de Daryl sobre el libro homónimo Bernhard Schlink, la segunda guerra y el holocausto forman parte contextual de las vidas que narra y constituyen el drama vinculante y atroz, del que ninguna de ellas parece tener arte ni parte y sin embargo las implica y separa a la vez. Representan la generación de la guerra y la posguerra, enfrentadas en un debate siempre estéril donde una no sabía y la otra no comprende ni perdona pero necesita salvar el agujero negro que existe a sus espaldas. Una necesidad imperiosa de la sociedad alemana y del mundo entero que pese a los años transcurridos seguirá preguntándose por este horror que se mire por donde se mire resulta inexplicable. ¿Cómo se pudo dar y consentir semejante aberración? ¿Cómo fue posible seguir y ejecutar los delirios del führer sin pensar ni cuestionarse los propios actos? Imagino a Hannah Arendt en el juicio a Eichmann, sentada entre el público, haciéndose todas estas preguntas, aguzando todos sus sentidos, tratando de profundizar aún más para plantear alguna hipótesis que le permitiera sacar conclusiones. ¿Ése era el monstruo? Qué decepción para quienes esperaban encontrarse con un estratega del mal, una mente privilegiada al servicio de la maldad. “Era verdaderamente incapaz de expresar una sola frase que no fuera en clisé” “Su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar”, dice Arendt en su ensayo La banalidad del mal. Cumplía órdenes impartidas como si en la retícula de poder a la que pertenecía estuviera a salvo de cualquier evaluación y pudiera abstraerse hasta el punto de olvidar, de ignorar, de no importarle, mandar al cadalso seres humanos. Como borrar números de una lista. ¿No es acaso en menor escala la misma descripción de Hannah Schmitz, la protagonista de la historia de amor en The reader, ex miembro de las SS y celadora de de un campo de concentración en Auschwichtz? Para ella estaba todo claro, hacía lo que le habían ordenado. Tenía que matar diez para que entren otras diez. Un problema matemático. Quizás lo más extraño de todo era su condición de analfabeta, de la que no se puede dudar considerando que el libro fue escrito en base a una historia verídica de boca del mismo doctor Berg, el protagonista. Una mujer analfabeta tan ávida sin embargo de literatura que es capaz de negociar sexo por la lectura de sus favoritos que son llamativamente los grandes popes de todos los tiempos. Una analfabeta que además esconde celosamente su carácter de tal. Le avergüenza a tal punto que no lo confiesa aunque constituya un punto decisorio para su descargo. ¿De qué clase de analfabetismo estamos hablando? Quizás haya existido una Hannah y quizás los hechos relatados respondan a la realidad pero cuesta entender, a menos que se le otorgue un valor simbólico. “Se trata de la generación de la guerra y la posguerra”, dice Schlink acerca de su libro en una entrevista. Desde esa visión, Hannah representa la generación de la guerra, heredera de la República de Weimer, período que dio uno de los movimientos literarios más ricos de la historia alemana. No más nombrar entre otros a Bertold Brech, Thomas Mann, Herman Hesse da idea de la magnitud de la producción literaria de ese período. “Analfabeta”, sería entonces el calificativo menos apropiado que podríamos emplear. Por otro lado resultan cruciales las palabras del profesor de leyes en el transcurso del juicio. Se trataba de una sociedad apegada a la ley, explicaba a su alumno. Mientras fuera legal todo estaba bien aún cuando moralmente resultara inaceptable. Podríamos decir entonces que el analfabetismo de Hannah no es tan creíble como la flagrante ausencia de valores éticos. Un analfabetismo moral que en todo momento le impidió registrar al otro

5 ago 2008

El padre revisitado


No siempre es tiempo de visita y tal vez deban pasar años antes que el recuerdo y aquel mar de sensaciones contradictorias que tienen que ver con el vínculo pasen a formar parte de una semblanza. La muerte física señala un límite categórico: no habrá más datos que agregar, todo lo que fue, fue, y punto final, sin embargo no todo termina ahí. Al menos no siempre. La “muerte del padre”, es un acontecimiento con tiempo propio, demorado e impredecible, en referencia al personaje que cada uno llegó a modelar en su interior, cincelado por las características personales y sus circunstancias. Un proceso interno del que dan cuenta una gran cantidad de obras literarias, de las que haciendo memoria -y no casualmente- llevo leídas varias. La muerte del padre, como epílogo de un largo proceso de elaboración y desprendimiento, parece ser una convocatoria difícil de resistir. De la respuesta depende quizás el resto del camino.
Al colombiano Jorge Abad Faciolince, le llevó casi veinte años aceptar la trágica muerte de su padre, médico, militante izquierdista, que dedicó su vida a luchar por políticas sanitarias para la prevención de enfermedades en los sectores más humildes, y fue vilmente asesinado. “…cada mes, cada semana, yo he sentido que tenía el deber ineludible, no digo de vengar su muerte, pero sí al menos de contarla.” “El olvido que seremos” es un relato autobiográfico sobre la vida de un personaje idolatrado, un padre amantísimo y ejemplar que soñaba con un mundo más justo y luchaba por sus ideales sin medir las consecuencias. “…si hubiera refrenado a veces su pasión de justicia, que a veces llegaba casi a convertirse en un fanatismo justiciero…” Un profundo homenaje y a la vez una búsqueda de humanización del ídolo. “No quiero hacer hagiografía ni me interesa pintar un hombre ajeno a las debilidades de la naturaleza humana.”Un dato conmovedor es que el título del libro “El olvido que seremos” fue extraído de un poema de Borges que el padre llevaba en el bolsillo en el momento de su muerte:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quién fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.

(J. L. Borges)

Nuestro Federico Jeanmaire, en su novela "Papá", hace el recorrido inverso. Describe una relación padre-hijo conflictiva, inmensamente distante, que no brinda demasiadas compensaciones. La muerte sin embargo no termina ni aclara nada. “A mi padre lo estamos velando desde hace dos años…”, comienza diciendo y más adelante: “…se me ocurre que velar la próxima muerte de otro no es sencillo”. Al final del trayecto, ¿cuándo qué?, habrá una segunda y definitiva muerte. “La escritura, esa cosa tan perfectamente incapaz, al igual que la vida, de responder ninguna otra cuestión que no sea su precaria y angustiosa necesidad de ser.”, dice al término de su reflexión, despojando al acto de escribir de todo sentido utilitario. Tal vez sea así, pero algo maravilloso habrá sucedido durante el proceso para cerrar el libro en paz y con la sabiduría de quien pudo entender. Un estado que se alcanza (coincido con el autor) con la perspectiva que da el paso del tiempo, pero sin duda nada comparable al ejercicio de poner el pasado en palabras y poder contemplarlo. Jeanmaire remata la novela con una anécdota familiar que le sirve de espejo y ajustada metáfora. La bronca y el dolor no dejan ver y el amor siempre salva. “Cosa rara el amor. / Casi imposible de escribir.”Philip Roth, dueño de una prosa maravillosa, tampoco faltó a la cita. En "Patrimonio- Una historia verdadera" hace una semblanza de su padre. Don Herman Roth, un verdadero personaje, vital, siempre en un rol protagónico, no era fácil de llevar. Padre e hijo mantenían una relación compleja, con muchas aristas sin pulir. El relato parte del diagnóstico de un tumor cerebral hasta la muerte del padre, al cabo de un largo y devastador proceso que sin embargo no fue en vano. El trabajo interno que inevitablemente hizo el hijo durante ese tiempo, mientras lo acompañaba hasta el último momento, permitió dejar atrás más de un resentimiento que los había distanciado. Le tocó pasar por el difícil trance de decidir el final. Operar o no operar. Mantenerlo con respirador artificial o dejarlo morir. “Voy a tener que dejarte ir, papá”, dice hacia el final, sabiendo que no puede oírlo.
Otro libro sobre el mismo tema, de lectura reciente, que me cautivó y mucho, es “El reflejo de las palabras”, del iraní Kader Abdolah. Leí la columna de Marcos Aguinis en La Nación y me contagió su entusiasmo. Una historia fascinante en sí misma, a la que además se suma la extrañeza de las diferencias culturales. Otra manera de relacionarse, otros valores, otra visión del mundo. Comienza en un pueblito montañoso de la lejana Persia, próximo a la frontera con la URS, antes del derrocamiento del Sha Reza Pahlevi. (Imposible no recordar la mirada de la princesa Soraya, en la foto que en ese tiempo recorrió el mundo entero, descartada y denigrada por no poder concebir) Hijo de una familia humilde y único varón, el narrador es el benjamín de cuatro hermanos. Establece con su padre sordomudo un vínculo muy estrecho. El niño es su intérprete y vocero, una especie de lazarillo que le abre camino hacia la comunicación y el conocimiento, haciéndose verdaderamente indispensable. Aga Khan, el padre, es un personaje rara sensibilidad. Incentivado por un tío, llevaba un diario en escritura cuneiforme, utilizando los símbolos grabados en una cueva del monte sagrado Azafrán, que hasta ahora nadie pudo descifrar, y cuya traducción, después de su muerte, se vuelve un imperativo en la vida del hijo.
En el mismo tema las mujeres parecemos ser más elípticas y fantasiosas. En su maravillosa novela "Resurgir", la canadiense Margaret Atwood, hija de un entomólogo que le trasmitió su pasión por la naturaleza, se sirve de un corto viaje a una isla del Quebec, que solían frecuentar en su niñez, como artificio para pensar el reencuentro. Una mujer llega a la isla en busca a su padre, del que se desconoce el paradero, acompañada por su pareja y un par de amigos. Su realidad actual, la gente que la rodea, parece no tener mucho que ver con ella, al menos con quien ella es realmente y tiene oportunidad de descubrir. Todo le recuerda a su padre y hasta le parece verlo en la vieja cabaña donde solía trabajar. El pasado vuelve y con él, el reconocimiento y la pertenencia. Un inolvidable momento de exaltación, donde todos sus sentidos aparecen alterados, hace de transición a un nuevo "resurgir".
Matilde Sánchez, en cambio, situó su relato en un angustiante contrapunto a miles de kilómetros de distancia. Toda su novela "La ingratitud" transcurre en el inútil intento de una mujer, que reside Alemania, por establecer un contacto efectivo con su padre que se encuentra en Buenos Aires. Lo único que obtiene son lacónicas respuestas en un papelito rasgado o comunicaciones telefónicas frustradas que truncan el anhelado diálogo. Elucubra las posibles causas, fantasea diversas situaciones, e inventa nuevas estrategias, en un extenso y agotador soliloquio que llega a su fin cuando puede pensar que en realidad, ella y su padre, siempre estuvieron en el mismo lugar.


21 sept 2007

Ruinas que hacen arte (II)


Sigo con Ponte porque no me lo puedo sacar de la cabeza, es una de esas lecturas que no terminan al cerrar el libro, quedan rondando. A veces proliferan. Y me sentiría en falta si obviara el comentario de Un arte de hacer ruinas y otros cuentos donde la ficción alcanza todo el esplendor de lo simbólico. Algunas cosas me ayudan a ratificar que la literatura sirve de mucho. Es una necesidad.
La fiesta vigilada es sin duda revisión y blanqueo, como él mismo dice “Me gustaría contar cómo volvió la fiesta a la Habana” “hurgar dentro de una caja negra, examinar las grabaciones del desastre”. Paso a paso y sin ofuscaciones, demitifica más de un personaje, como Sartre que de ahora en más queda estrábico para siempre, y ofrece su visión de los hechos, asistido por la indiscutible autoridad de ser cubano, pensante, lúcido y extremadamente sensible, y de llevar toda una vida con la revolución a cuestas.
Quizás la discusión más honda y sentida sea a la hora de dirimir el lugar. Conminado abandonar el barco, ahora tenía que verlo fondear desde lejos. Él, que soñaba cultivar una literatura nacional y su misión era custodiar las joyas de la abuela.
Pienso en la maestría de sostener el relato en una austeridad irreductible. Esgrime una ironía sutil y precisa. No sucumbe a ningún intento de manipulación ni se arriesga en provocaciones inútiles.
En la única alusión al “Che”, cuenta la desilusión de Ernesto Guevara cuando, recién triunfada la revolución, tuvo curiosidad por ver el documental El mégano, censurado y sacado de circulación por las autoridades prerrevolucionarias. No encontró nada que justificara la medida. “Su curiosidad por el filme exhumado se dirigía probablemente menos a la obra en sí que a la prohibición que había pesado sobre ella”, señala Ponte.
La metáfora contribuye a la idea, que trabaja a lo largo de todo el libro, sobre la inconsistencia de una revolución que empieza y termina en sí misma.