5 ago 2008

El padre revisitado


No siempre es tiempo de visita y tal vez deban pasar años antes que el recuerdo y aquel mar de sensaciones contradictorias que tienen que ver con el vínculo pasen a formar parte de una semblanza. La muerte física señala un límite categórico: no habrá más datos que agregar, todo lo que fue, fue, y punto final, sin embargo no todo termina ahí. Al menos no siempre. La “muerte del padre”, es un acontecimiento con tiempo propio, demorado e impredecible, en referencia al personaje que cada uno llegó a modelar en su interior, cincelado por las características personales y sus circunstancias. Un proceso interno del que dan cuenta una gran cantidad de obras literarias, de las que haciendo memoria -y no casualmente- llevo leídas varias. La muerte del padre, como epílogo de un largo proceso de elaboración y desprendimiento, parece ser una convocatoria difícil de resistir. De la respuesta depende quizás el resto del camino.
Al colombiano Jorge Abad Faciolince, le llevó casi veinte años aceptar la trágica muerte de su padre, médico, militante izquierdista, que dedicó su vida a luchar por políticas sanitarias para la prevención de enfermedades en los sectores más humildes, y fue vilmente asesinado. “…cada mes, cada semana, yo he sentido que tenía el deber ineludible, no digo de vengar su muerte, pero sí al menos de contarla.” “El olvido que seremos” es un relato autobiográfico sobre la vida de un personaje idolatrado, un padre amantísimo y ejemplar que soñaba con un mundo más justo y luchaba por sus ideales sin medir las consecuencias. “…si hubiera refrenado a veces su pasión de justicia, que a veces llegaba casi a convertirse en un fanatismo justiciero…” Un profundo homenaje y a la vez una búsqueda de humanización del ídolo. “No quiero hacer hagiografía ni me interesa pintar un hombre ajeno a las debilidades de la naturaleza humana.”Un dato conmovedor es que el título del libro “El olvido que seremos” fue extraído de un poema de Borges que el padre llevaba en el bolsillo en el momento de su muerte:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quién fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.

(J. L. Borges)

Nuestro Federico Jeanmaire, en su novela "Papá", hace el recorrido inverso. Describe una relación padre-hijo conflictiva, inmensamente distante, que no brinda demasiadas compensaciones. La muerte sin embargo no termina ni aclara nada. “A mi padre lo estamos velando desde hace dos años…”, comienza diciendo y más adelante: “…se me ocurre que velar la próxima muerte de otro no es sencillo”. Al final del trayecto, ¿cuándo qué?, habrá una segunda y definitiva muerte. “La escritura, esa cosa tan perfectamente incapaz, al igual que la vida, de responder ninguna otra cuestión que no sea su precaria y angustiosa necesidad de ser.”, dice al término de su reflexión, despojando al acto de escribir de todo sentido utilitario. Tal vez sea así, pero algo maravilloso habrá sucedido durante el proceso para cerrar el libro en paz y con la sabiduría de quien pudo entender. Un estado que se alcanza (coincido con el autor) con la perspectiva que da el paso del tiempo, pero sin duda nada comparable al ejercicio de poner el pasado en palabras y poder contemplarlo. Jeanmaire remata la novela con una anécdota familiar que le sirve de espejo y ajustada metáfora. La bronca y el dolor no dejan ver y el amor siempre salva. “Cosa rara el amor. / Casi imposible de escribir.”Philip Roth, dueño de una prosa maravillosa, tampoco faltó a la cita. En "Patrimonio- Una historia verdadera" hace una semblanza de su padre. Don Herman Roth, un verdadero personaje, vital, siempre en un rol protagónico, no era fácil de llevar. Padre e hijo mantenían una relación compleja, con muchas aristas sin pulir. El relato parte del diagnóstico de un tumor cerebral hasta la muerte del padre, al cabo de un largo y devastador proceso que sin embargo no fue en vano. El trabajo interno que inevitablemente hizo el hijo durante ese tiempo, mientras lo acompañaba hasta el último momento, permitió dejar atrás más de un resentimiento que los había distanciado. Le tocó pasar por el difícil trance de decidir el final. Operar o no operar. Mantenerlo con respirador artificial o dejarlo morir. “Voy a tener que dejarte ir, papá”, dice hacia el final, sabiendo que no puede oírlo.
Otro libro sobre el mismo tema, de lectura reciente, que me cautivó y mucho, es “El reflejo de las palabras”, del iraní Kader Abdolah. Leí la columna de Marcos Aguinis en La Nación y me contagió su entusiasmo. Una historia fascinante en sí misma, a la que además se suma la extrañeza de las diferencias culturales. Otra manera de relacionarse, otros valores, otra visión del mundo. Comienza en un pueblito montañoso de la lejana Persia, próximo a la frontera con la URS, antes del derrocamiento del Sha Reza Pahlevi. (Imposible no recordar la mirada de la princesa Soraya, en la foto que en ese tiempo recorrió el mundo entero, descartada y denigrada por no poder concebir) Hijo de una familia humilde y único varón, el narrador es el benjamín de cuatro hermanos. Establece con su padre sordomudo un vínculo muy estrecho. El niño es su intérprete y vocero, una especie de lazarillo que le abre camino hacia la comunicación y el conocimiento, haciéndose verdaderamente indispensable. Aga Khan, el padre, es un personaje rara sensibilidad. Incentivado por un tío, llevaba un diario en escritura cuneiforme, utilizando los símbolos grabados en una cueva del monte sagrado Azafrán, que hasta ahora nadie pudo descifrar, y cuya traducción, después de su muerte, se vuelve un imperativo en la vida del hijo.
En el mismo tema las mujeres parecemos ser más elípticas y fantasiosas. En su maravillosa novela "Resurgir", la canadiense Margaret Atwood, hija de un entomólogo que le trasmitió su pasión por la naturaleza, se sirve de un corto viaje a una isla del Quebec, que solían frecuentar en su niñez, como artificio para pensar el reencuentro. Una mujer llega a la isla en busca a su padre, del que se desconoce el paradero, acompañada por su pareja y un par de amigos. Su realidad actual, la gente que la rodea, parece no tener mucho que ver con ella, al menos con quien ella es realmente y tiene oportunidad de descubrir. Todo le recuerda a su padre y hasta le parece verlo en la vieja cabaña donde solía trabajar. El pasado vuelve y con él, el reconocimiento y la pertenencia. Un inolvidable momento de exaltación, donde todos sus sentidos aparecen alterados, hace de transición a un nuevo "resurgir".
Matilde Sánchez, en cambio, situó su relato en un angustiante contrapunto a miles de kilómetros de distancia. Toda su novela "La ingratitud" transcurre en el inútil intento de una mujer, que reside Alemania, por establecer un contacto efectivo con su padre que se encuentra en Buenos Aires. Lo único que obtiene son lacónicas respuestas en un papelito rasgado o comunicaciones telefónicas frustradas que truncan el anhelado diálogo. Elucubra las posibles causas, fantasea diversas situaciones, e inventa nuevas estrategias, en un extenso y agotador soliloquio que llega a su fin cuando puede pensar que en realidad, ella y su padre, siempre estuvieron en el mismo lugar.


3 oct 2007

El matiz de la herencia

Fragmento de la novela Respeto al Muerto de próxima publicación.

Hasibe. El nombre de la madre de mi padre, el de mi abuela, el mismo de la suya y así hacia atrás encadenada hasta el origen primigenio, dónde me llevaría ese nombre, en mis sueños más profundos, los que nunca se recuerdan, desde Palestina hacia Alejandría o Babilonia quizá, acompañaría a esas mujeres itinerantes, compartiendo sus ansias de paraíso perdido en la larga travesía al Islam, mujeres dispersas en la finísima red, tan lejos y tan cerca de la vertiente inexorable, para bien o para mal mujeres judías que arrastrando la diferencia llenaban sus canastas de frutos extranjeros, la sangre saborizada por nuevas especias y el alma esculpida en la emoción de otros paisajes, ése sería mi destino, vocear su legado en el nombre de ellas, mi nombre. Pero me llamo Nancy como si estrenara una historia. Nada más que “como” porque soy Hasibe en realidad, en el determinado llamamiento de mis ancestros, fatalidad o determinismo de la historia que hace sombra a las espaldas, nada es tan diáfano, todo se vislumbra bajo el matiz de la herencia.

21 sept 2007

Ruinas que hacen arte (II)


Sigo con Ponte porque no me lo puedo sacar de la cabeza, es una de esas lecturas que no terminan al cerrar el libro, quedan rondando. A veces proliferan. Y me sentiría en falta si obviara el comentario de Un arte de hacer ruinas y otros cuentos donde la ficción alcanza todo el esplendor de lo simbólico. Algunas cosas me ayudan a ratificar que la literatura sirve de mucho. Es una necesidad.
La fiesta vigilada es sin duda revisión y blanqueo, como él mismo dice “Me gustaría contar cómo volvió la fiesta a la Habana” “hurgar dentro de una caja negra, examinar las grabaciones del desastre”. Paso a paso y sin ofuscaciones, demitifica más de un personaje, como Sartre que de ahora en más queda estrábico para siempre, y ofrece su visión de los hechos, asistido por la indiscutible autoridad de ser cubano, pensante, lúcido y extremadamente sensible, y de llevar toda una vida con la revolución a cuestas.
Quizás la discusión más honda y sentida sea a la hora de dirimir el lugar. Conminado abandonar el barco, ahora tenía que verlo fondear desde lejos. Él, que soñaba cultivar una literatura nacional y su misión era custodiar las joyas de la abuela.
Pienso en la maestría de sostener el relato en una austeridad irreductible. Esgrime una ironía sutil y precisa. No sucumbe a ningún intento de manipulación ni se arriesga en provocaciones inútiles.
En la única alusión al “Che”, cuenta la desilusión de Ernesto Guevara cuando, recién triunfada la revolución, tuvo curiosidad por ver el documental El mégano, censurado y sacado de circulación por las autoridades prerrevolucionarias. No encontró nada que justificara la medida. “Su curiosidad por el filme exhumado se dirigía probablemente menos a la obra en sí que a la prohibición que había pesado sobre ella”, señala Ponte.
La metáfora contribuye a la idea, que trabaja a lo largo de todo el libro, sobre la inconsistencia de una revolución que empieza y termina en sí misma.

19 sept 2007

caramelo media hora

Nunca agarraba el chiste de entrada y le decíamos caramelo media hora. Unos caramelos redonditos y difíciles de roer que tardaban un montón en disolverse en la boca y ahora no sé si existen. Me viene a la mente porque soy yo la que no caigo, me quedo pasmada tratando de digerir algunos temas que durante un tiempo estuvieron en el tapete y no me cierran.
Diganme queridos amigos, ustedes que estuvieron sentados a mi lado, como un imberbe más en esa horrible y multitudinaria aula del sótano de puán , y escucharon como yo a George II (porque a Jorge Luis nadie le quita la supremacía) iniciar el ciclo lectivo de Análisis Literario, declarando solemnemente la institucionalización del robo literario y dejando en claro para las generaciones pasadas, presentes y venideras que la literatura no representa ni cambia nada, ni sirve para absolutamente nada, ¿me podrán decir qué sentido tiene entonces, defenestrado el objetivo y sin alicientes, seguir prolongando el martirio de los pobres aspirantes? Querido GeorgeII: ¿no habría que mandar a todos para su casa y bajar cortina?
El robo literario institucionalizado, por el que podríamos echar mano de cualquier texto y sin ambages, amén de pegarlo y estamparle impunemente nuestra firma, tiene el mismo sabor que la tan denostada globalización. No hay límite de pertenencia y pone a todo y todos en la misma canasta. ¿Será que el postmodernismo, si es que existe, me agarra pasada de moda? ¿O es que de alguna manera hay que revolver el avispero a ver si a alguien se le ocurre pensar algo original? Aunque si es pasible de robo, no creo que a nadie le entusiasme.
Nota: lo de GeorgeI y George II, es un robo, lo lamento In pero está permitido.

18 sept 2007

Delimitando responsabilidades

Mi amiga In es la responsable ideológica de esta nueva aventura. Que se haga cargo de los resultados. A las amigas del alma, ¡Salud!

escritura premoldeada


Algunos tecnicismos de la formación académica se reconocen a la legua, la frase cabalga a un ritmo perfectamente sincronizado y sin resuello. Ni una piedra en el camino. Todo queda allanado en el cedazo del laboratorio. Así, los textos parecen cortados por una misma tijera. La lectura avanza como por un tubo y se pierden matices. Prefiero las imperfecciones de la factura artesanal.

El carácter libertario de la traducción recíproca


Toronto, Mayo de 2006 - Texto leído en la mesa redonda "Traducir a Nicole Brossard" en el marco del Coloquio "Traducir las Américas"



“Traducir las Américas”, lema del coloquio que hoy nos reúne, reverbera de modo sugerente cuando se trata de analizar el complejo fenómeno que significa trasvasar cultura entre países como los nuestros, simultáneamente reunidos y distanciados por una realidad geográfica que nos condena ineludiblemente a los extremos. Efecto que se intensifica cuando el objeto de análisis es la obra de Nicole Brossard donde la idea de traducción como capacidad inclusiva es una constante, y resulta particularmente notorio en Diario Intimo, libro que he elegido traducir y por el que fui convocada.
Contradiciendo las convenciones del género autobiográfico, la representación que Brossard hace de sí misma resiste una definición. Es y no es un diario íntimo. Es y no es Nicole Brossard. Así, todo parece “bascular en los extremos”.
Mucho se investigó sobre el origen y evolución de la escritura autobiográfica y existen numerosos ensayos teóricos dedicados al análisis de esta práctica que encierra los misterios indiscernibles del alma humana. Pero como dice Barthes, “El ser humano es oscuro por complejidad, no por ocultamiento” y la verdad de su existencia nunca podrá ser lineal, siempre ocupará una zona no definida entre lo que el autor cree ser y lo que el mundo cree que es. Realidad y ficción se hacen presentes. Lo mejor de la escritura sucede en esa “zona de turbulencias” que hace de solución de continuidad a la riquísima antinomia del mundo. Pretensión de verdad que requiere de un acercamiento asintótico, tendiente a la idealización. La escritura avanza hacia el misterio y es lo único que sostiene su búsqueda. No importa saber que nunca se llega, el círculo se va estrechando y basta para satisfacer en parte el inacabable deseo.
Respondiendo a necesidades de diversa índole y muchas veces depredado por la curiosidad morbosa de la posteridad que ilegítimamente se aventura a interpretaciones y conclusiones equívocas, el diario íntimo viene evolucionando desde aquél minucioso registro diario de otras épocas, por tanto tiempo sede de la subjetividad femenina, hasta el género literario de nuestros días. Sin embargo, nada puede evitar el intento de desenmascarar ese yo que se constituye como personaje.“Il faut être insensée pour confier l´essentiel à quelqu´un ailleurs que dans un poème”, dice Brossard. Y sin duda en Diario Intimo se hacen presentes muchos de los modos y maneras de la poesía; “las frases no se suceden siguiendo un orden conceptual sino presididas por las leyes de la imagen y el ritmo. Hay un flujo y reflujo de imágenes, señal inequívoca de la poesía”, señala Octavio Paz refiriéndose a obras tratadas desde la prosa.
Diario íntimo es el resultado de una exposición de textos fechados en orden no correlativo pero tampoco aleatorio, vinculados entre sí por un entramado de relaciones. Así, la vida de Brossard aparece expuesta en un diorama que permite múltiples recorridos y una narrativa particular por cada uno. Una exposición prendida “al muro de la cultura” donde es posible vislumbrar las distintas vertientes que la constituyen, asistir a momentos memorables tanto como compartir la emoción en curso. Un viaje imantado por el erotismo de su escritura, debido no sólo a los inefables efectos multimedia de esta asombrosa construcción, sino al continuo desafío de permanecer -nervio expuesto- a la intemperie.
Vislumbrando proféticamente la necesidad de remover mordazas estructurales, Brossard ha hecho de la traducción parte de su visión del mundo. Duda de las formalizaciones de su propio idioma, lo desarma, explora las materialidades de su sintaxis en un movimiento donde mirada y lengua se sincronizan en un nuevo rearmado, liberándola así de su sentido unívoco. Concebida de un modo análogo, es decir, proporcionalmente semejante al original, la traducción resulta un invalorable mecanismo de representación para pensar y comprender la diferencia en toda su extensión de significado. Una preocupación central en la obra de Brossard cuya visión inclusiva revaloriza la traducción como parte constitutiva del original. Frente a esta extraordinaria maniobra se coloca su traductora que será obligada a una similar aventura. No es lo mismo la traducción de un texto autobiográfico, de connotaciones mucho más intensas y comprometidas que la de cualquier otro. La operación involucra de manera directa la subjetividad de la traductora que asume esa propuesta de intimidad.
El proceso comienza en un punto no previsto de la relación con el texto, no antes del necesario duelo que implica abandonar cierto statu quo para proyectarse en un espacio con fuerte pulsión de lo emocional y escasa estructura de la lógica. La zona sombría y sensible donde acontece el diario. Como jugando a las escondidas, entre líneas, fueron varias las lecturas preliminares y muchos ir y volver sobre el texto antes que pudiese decir: Bonjour Nicole. La idea de traducción, que tan apasionadamente ocupa el pensamiento de Brossard y que equivale a conocimiento y reconocimiento, valorización y diálogo me acompañó en la difícil tarea de traducirla, sabiendo sin embargo que no estaba sola. Desde el rabillo del ojo, la autora guiaba la mano de su traductora, acompañando la tarea en un gesto de complicidad.
Si bien la comprensión de cómo opera otro idioma nunca basta, los límites naturalmente impuestos al traductor se acrecientan aún más cuando el sentido se nutre específicamente de características físicas como volumen, luz y sonido. Pese al arduo trabajo de aproximación, las pérdidas son cuantiosas y, muy especialmente, tratándose de traducir las “puestas del texto”. A la manera de un brain storming de la conciencia, la secuencia armada por Brossard al final de cada capítulo, desencadena un barrido de imágenes y sonidos donde la lengua del Québec habla por sí sola. Y al narrarse a sí misma, las vertientes culturales que la constituyen tienen especial protagonismo. El francés, reformulado en cuna americana, lleva además la impronta de su escindida convivencia con el inglés. Diferentes aportes que confluyen en suelo americano para otro matiz en la visión del mundo.
Toda traducción presenta conflictos y está bien que así sea porque forman parte del juego de tensiones que garantiza la supervivencia. El pasaje debe ser costoso y resuelto en la pericia y la profunda reflexión de quien medie, como estrategia de preservación de ambas “moradas” (es decir ambas culturas, ambos idiomas) para evitar la intromisión, el uso abusivo o la malversación de las reservas. El esfuerzo por mantener el equilibrio me recuerda a modo de metáfora una relación presente en la naturaleza: la tensión superficial sodio-potasio, reguladora del pasaje de nutrientes a uno y otro lado de la membrana celular. Es decir, compensar la energía para una convivencia armónica. Sin embargo, los resquemores de una apropiación indebida siempre reaparecen. Por más ducho que sea el traductor, por más precioso que sea su trabajo, ¿qué lo autoriza a interpretar y modificar el texto original? La relación del texto con la lengua de origen es de una simbiosis tal que cualquier intento de traducción es resistido a través de una actitud de macartismo cultural que parece señalar la tarea de traducción como una mera degradación del original y también como si se cediera una parte del patrimonio cultural.
Pese a todo y afortunadamente, “la traducción existe”. La expresión de Ricœur resulta tranquilizadora no sólo para el lector que, como él mismo dice, puede acceder a textos en otras lenguas, sino también para el traductor que, frente a tantas “imposibilidades”, ve de algún modo legitimado el acto de traducir. Saber que la traducción es posible no simplifica el trabajo, siempre será arduo y apasionado, pero contribuye a no dejarse llevar por el aplastante etnocentrismo de origen, valorizar la propia cultura y no renegar de los recursos, muchas veces de inigualable riqueza, que ofrece el propio idioma.
Decir que la traducción existe es otorgar existencia al resto del mundo, aun dentro de las variaciones de la misma lengua y como dice una investigadora argentina, Patricia Wilson “tiene como norte la voluntad de comprender lo distinto, la necesidad de acercarse a la alteridad sin anularla”. Un corrimiento en la perspectiva que desarticula la paralizante noción de subproducto, invariablemente a la sombra del original.
Sin embargo, además de las siempre complejas relaciones entre lengua y cultura que tienen que ver con la traducción en general, tratándose del renombrado par Norte-Sur, no podemos ni debemos ignorar una realidad que venimos arrastrando desde hace siglos. Hay esquemas de poder que pesan en la cabeza y linajes culturales que resisten toda intervención. Las relaciones de poder reproducen el cliché hasta el infinito y se constituye en un valor medular rigiendo cada aspecto de la correspondencia.
Dicha realidad no ha cambiado demasiado desde mi primer encuentro con la obra de Brossard en 2000, cuando se presentó El presente de la pulsación, primer libro de su vasta obra traducido en la Argentina y también el primero que tuve oportunidad de leer. Esa noche compartimos la cena con un grupo de escritoras argentinas; apenas había podido cruzar unas frases gentiles con Brossard y ya nos despedíamos cuando una de las poetas presentes le sugirió la posibilidad de traducir otro de sus libros. Un tiempo después recibió el ejemplar de Journal Intime, suivi d´Œuvres de Chair et métonymies, editado por Les Herbes Rouges que Brossard le había enviado desde Montreal y me propone traducirlo juntas. Por distintos motivos, terminé haciéndome cargo de la totalidad del trabajo.
Pese a iniciativas privadas, siempre intensas y amorosas como las que acabo de narrar, que surgen de situaciones meramente coyunturales como habitualmente se dan en el Sur, y a las iniciativas institucionales, como las de Canadá por ejemplo, que promueven el intercambio y apoyan con ciertos subsidios esta tarea a la intemperie, lo cierto es que la legendaria desigualdad Norte-Sur sigue vigente.
Un fenómeno que se evidencia en el escaso interés por conocer y traducir autores latinoamericanos y al que quizás contribuya fuertemente la falta de simetría en las políticas de fomento. Debido a sus economías regionales, sujetas a la realidad hegemónica neo-colonialista, Latinoamérica está lejos de equiparar el respaldo con que el Norte apoya la gestión cultural. El Norte, digo, como gran metáfora de poder donde también Canadá es subsidiario de ciertos privilegios y participa en menor grado del carácter subalterno del resto. Desde la subvención de un proyecto hasta la cobertura de sus gastos, los autores y traductores del Norte se abocan a sus tareas específicas con la tranquilidad de tener allanadas ciertas cuestiones administrativas. La inversa es notoriamente desigual, responder por ejemplo a una propuesta de intercambio, como la que hoy nos reúne, significa costearse los gastos y si no estuviera al alcance, decidirse a la penosa tarea que implica motivar la ayuda de propios y ajenos -costo moral implícito- o por último renunciar pensando que quizás tanto esfuerzo no valiese la pena.
También es posible que la intensa actividad que desarrollan los grandes pulpos monopólicos editoriales, de América del Norte y Europa, le reste probabilidades a emprendimientos provenientes del Sur que, por lo general, no satisfacen los imperativos del mercado y que los pocos que llegan a concretarse sean a través de pequeñas editoriales sin la misma capacidad operativa.
La desigualdad no sólo se traduce en un mayor o menor caudal de tránsito sino en muchos otros aspectos cualitativos. Tener supremacía económica implica per sé la facultad de elegir y planificar la circulación de los productos locales respondiendo a intereses propios sin que necesariamente deban importar los intereses ajenos, como así también de regular en cantidad y calidad la entrada de los productos foráneos que mejor convengan a los lineamientos de sus políticas culturales.
Un control que además de favorecer necesidades internas, interviene paralela y subrepticiamente el sistema cultural de los países afectados. No pudiendo oponer una política similar por falta de recursos, quedan inermes frente al ingreso de una cantidad indiscriminada de material de acuerdo a un criterio de selección que les es ajeno. En este punto vale la pena señalar que, paradójicamente, Latinoamérica es materia prima de investigación de diversas disciplinas que reenvían luego sus trabajos para ser editados y vendidos en la arena local con el correspondiente valor agregado.
Traducir las Américas, en su sentido inclusivo y reparador, implicaría un profundo cambio. Equilibrar el mapa depende prioritariamente de lograr una eficiente distribución de la riqueza con miras independentistas, capaz de reivindicar a los países históricamente sumergidos por un poder colonizador que impide un crecimiento acorde a sus reales posibilidades. Simultáneamente, y como propone Brossard, desde un plano subjetivo, se impone un cambio rotundo de visión que destierre del mapa de las Américas las prejuiciosas falsedades que inspira la diferencia y siguen interceptando los caminos de acceso.