4 jul 2009

Perro del alma

Cada tanto vuelvo a Brossard y en cada vuelta descubro un cariz nuevo. Me atrae como un imán. Incide en la lengua. Como en una raspadita, devela su sentido más profundo y tal vez insospechado. Es un trabajo quirúrgico de alta precisión. Hace un tiempo atrás recibí un ejemplar de Langues Obscures y con el "perro del alma", que acecha a lo largo de todo el libro, ya nos vamos entendiendo.

ese perro del alma, obstáculo mayor
secuela de la infancia
oh yo, pura construcción de sueños
pura maravilla
y la vida que nunca se justifica demasiado
por reunir a nuestro alrededor
todo lo que pasa y prolonga el sueño
todo lo que ahuyenta la muerte y el desánimo
oh yo, pura retórica
curiosa materia prima

...........

Habrá que entenderse con la luz ya que al vivir en las ciudades se olvidan los colores antaño celebrados que rodeaban el cuerpo de su aura. Se olvida el roce asiduo con la idea de la muerte y otras substancias de la angustia que, en las ciudades, es bien carnal, se olvida el principio del poema, la forma tan divulgada del placer, pura construcción del sueño, pienso.



9 jun 2009

Mi versión del poema Daddy de Sylvia Plath



Papito


No serás, ya no
Nunca más, el zapato negro
En el que viví como un pie
Por treinta años, tonta y crédula
Osando apenas respirar o hacer atchís

Papito, te tuve que matar
Te moriste antes de que me dieras tiempo--
Pesado mármol, una bolsa llena de Dios
Horrenda estatua con un dedo del pie gris
Grande como una foca de San Francisco

Y la cabeza en el Atlántico extravagante
Donde el verde se vierte sobre el azul
En las aguas del hermoso Nauset
Solía rezar para recuperarte.
Ach, du

En lengua alemana, en un pueblo polaco
Vuelto ruinas por la aplanadora
De guerras y más guerras.
Pero el nombre del pueblo es común
Mi amigo polaco

Dice que hay una o dos docenas
Por lo tanto nunca pude seguir
Tus pisadas, tus orígenes
Nunca pude hablarte
La lengua pegada a la mandíbula

Pegada a las púas del alambrado
Ich, ich, ich, ich,
Apenas podía hablar
Creía verte en cada alemán
Y la obscenidad del lenguaje

Una máquina a vapor, una máquina a vapor
Expulsándome como a una judía
Una judía de Dachau, Auschwitz, Bielsen
Empiezo a hablar como una judía
Creo que bien podría ser una judía


Las nieves del Tirol, la límpida cerveza de Viena
No son tan puras ni tan auténticas
Con mis ancestros gitanos y mi rara suerte
Y mis naipes de Tarot y mis naipes de Tarot
Quizá tenga algo de judía

Siempre te tuve miedo
Con tu Luftwaffe, tu galimatías
Y tu preciso bigote
Y tus ojos arios, azul brillante
Hombre-Panzer, hombre-Panzer, Oh vos

No Dios pero sí una esvástica
Tan infame que rugen los cielos que surca
Las mujeres adoran al fascista
La bota en la cara, el bruto
Bruto corazón de un bruto como vos

Te miro en la pizarra, papito
En la imagen que tengo de vos
La barbilla hendida en lugar del pie
Pero no te hace menos demonio, no
Nada menos que el malvado que

Partió en dos mi dulce y rojo corazón
Tenía diez años cuando te enterraron
A los veinte intenté morir
Para volver, volver, volver a vos
Pensé incluso en los huesos que sería

Pero me rescataron del foso
Y me volvieron a pegar toda con cola
Y entonces supe qué debía hacer
Hice la reproducción de tu figura
Un malvado con aire de Meinkampf

Y amante de la tortura y el apriete
Y me digo esto es, esto es
Por lo tanto papito, he llegado al final
Desconecté el funesto teléfono de cuajo
Las voces no llegan a través de los gusanos

Si he matado a un hombre, he matado a dos
El vampiro que decía ser vos
Y que durante años me chupó la sangre
Siete años si quieres saber
Papito, ahora ya puedes descansar.

Hay un peso en tu graso negro corazón
A la gente del pueblo nunca le gustaste
Bailan y pisotean sobre vos
Siempre supieron quién eras
Papito, papito, hijoeputa, he terminado.

4 jun 2009

…en la esquinita palpita





Llegando a la plaza de mi barrio, cuando todavía reinaba el empedrado y el carro del lechero era de tracción a sangre, se escuchaba la música convocante de la calesita. Música organillera de escasas variantes que atraía a los pibes como canto de sirena. Apuraba el paso para alistarme en la próxima vuelta. Felicidad y desafío de entronarme en el más disputado de los personajes. Ni el ñandú ni el dromedario que estaban en el centro, menos el autito o el aeroplano que eran para bebés. Anhelaba el caballo blanco de lujosos arneses que subía y bajaba al galope. Tres minutos de cruzada heroica alrededor del pequeño mundo con un pie en cada estribo y prendida al barrote que no debía soltar. Ni loca lo soltaba, el caballito era mío hasta el último centavo, siempre que no sacara la sortija y me ganara una vuelta más. Los más grandes, colgados de las barras y medio cuerpo afuera, tenían todas las de ganar. ¡A mí! ¡A mí!, gritaban manoteando la sortija que don Cosme, el calesitero, agitaba tentadoramente. Una lucha despareja y la posibilidad remota. Estaba en franca desventaja pero no vencida. Todavía me quedaba la última moneda y una chance de género. Don Cosme pasaba cortando boletos. Nos conocíamos bien, una vez me había dejado espiar detrás de los biombos a condición de guardar el secreto. Estaba intrigada por ver de dónde salía la música y abrió la misteriosa puerta. El corazón de la calesita guardaba los engranajes que le dan movimiento y el organito, un gran tambor forrado en madera y tachonado de clavos que, al girar, arrancaba melodías. Compartíamos un secreto y ahora sin embargo se olvidaba de mí. La ofensa era grande pero involuntaria y estaba dispuesto a repararla. La calesita se puso nuevamente en marcha. La sortija fue sorteando las manos de los ansiosos hasta llegar a la mía. Engaché el aro en un dedo y seguí viaje con el trofeo en alto. Me tocaba una vuelta de yapa y en buena ley.

1 jun 2009

Analfabetismo moral

En el film recientemente estrenado The reader, una realización de Daryl sobre el libro homónimo Bernhard Schlink, la segunda guerra y el holocausto forman parte contextual de las vidas que narra y constituyen el drama vinculante y atroz, del que ninguna de ellas parece tener arte ni parte y sin embargo las implica y separa a la vez. Representan la generación de la guerra y la posguerra, enfrentadas en un debate siempre estéril donde una no sabía y la otra no comprende ni perdona pero necesita salvar el agujero negro que existe a sus espaldas. Una necesidad imperiosa de la sociedad alemana y del mundo entero que pese a los años transcurridos seguirá preguntándose por este horror que se mire por donde se mire resulta inexplicable. ¿Cómo se pudo dar y consentir semejante aberración? ¿Cómo fue posible seguir y ejecutar los delirios del führer sin pensar ni cuestionarse los propios actos? Imagino a Hannah Arendt en el juicio a Eichmann, sentada entre el público, haciéndose todas estas preguntas, aguzando todos sus sentidos, tratando de profundizar aún más para plantear alguna hipótesis que le permitiera sacar conclusiones. ¿Ése era el monstruo? Qué decepción para quienes esperaban encontrarse con un estratega del mal, una mente privilegiada al servicio de la maldad. “Era verdaderamente incapaz de expresar una sola frase que no fuera en clisé” “Su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar”, dice Arendt en su ensayo La banalidad del mal. Cumplía órdenes impartidas como si en la retícula de poder a la que pertenecía estuviera a salvo de cualquier evaluación y pudiera abstraerse hasta el punto de olvidar, de ignorar, de no importarle, mandar al cadalso seres humanos. Como borrar números de una lista. ¿No es acaso en menor escala la misma descripción de Hannah Schmitz, la protagonista de la historia de amor en The reader, ex miembro de las SS y celadora de de un campo de concentración en Auschwichtz? Para ella estaba todo claro, hacía lo que le habían ordenado. Tenía que matar diez para que entren otras diez. Un problema matemático. Quizás lo más extraño de todo era su condición de analfabeta, de la que no se puede dudar considerando que el libro fue escrito en base a una historia verídica de boca del mismo doctor Berg, el protagonista. Una mujer analfabeta tan ávida sin embargo de literatura que es capaz de negociar sexo por la lectura de sus favoritos que son llamativamente los grandes popes de todos los tiempos. Una analfabeta que además esconde celosamente su carácter de tal. Le avergüenza a tal punto que no lo confiesa aunque constituya un punto decisorio para su descargo. ¿De qué clase de analfabetismo estamos hablando? Quizás haya existido una Hannah y quizás los hechos relatados respondan a la realidad pero cuesta entender, a menos que se le otorgue un valor simbólico. “Se trata de la generación de la guerra y la posguerra”, dice Schlink acerca de su libro en una entrevista. Desde esa visión, Hannah representa la generación de la guerra, heredera de la República de Weimer, período que dio uno de los movimientos literarios más ricos de la historia alemana. No más nombrar entre otros a Bertold Brech, Thomas Mann, Herman Hesse da idea de la magnitud de la producción literaria de ese período. “Analfabeta”, sería entonces el calificativo menos apropiado que podríamos emplear. Por otro lado resultan cruciales las palabras del profesor de leyes en el transcurso del juicio. Se trataba de una sociedad apegada a la ley, explicaba a su alumno. Mientras fuera legal todo estaba bien aún cuando moralmente resultara inaceptable. Podríamos decir entonces que el analfabetismo de Hannah no es tan creíble como la flagrante ausencia de valores éticos. Un analfabetismo moral que en todo momento le impidió registrar al otro

8 abr 2009

Y los cielos se abrieron


Crónica de una noche especial


Perdón, Señor, ésta es una noche bellessiana. Estaban pronosticadas lluvias, incluso tormentas eléctricas para la noche de este viernes pasado, 3 de abril, fecha en que se celebraba la aparición de Tener lo que se tiene, la obra reunida de Diana Bellessi, y para el asombro de todos, como en una especie de impass temporal, las nubes hicieron un respetuoso mutis por el foro. En honor a la poeta y, por qué no, cediendo al ruego encarecido de su cohorte incondicional y amorosa para que nada atentara contra la convocatoria. Fue una noche hermosa. En un club barrial, el Estrella de Maldonado, que da sobre la avenida Juan B. Justo, históricamente amenazada por las inundaciones, a la hora en que los chicos todavía juegan al básquet y el encargado del buffet, contiguo al gimnasio cubierto que nos fue destinado, seguía las alternativas del partido del fútbol por televisión. En actitud de evidente rebeldía, el hombre resistió largo tiempo en su silla con un brazo colgado del respaldo. No estaba dispuesto a apagar el televisor ni a bajar el volumen por más que el gentío lo rodeara hasta hacerlo desaparecer. Estaban todos o más que todos, no cabía un alfiler en el recinto, a la penumbra de puñados de velas encendidas y el resplandor de las luces del patio que entraba por tres amplias ventanas. No hubo presentación, semblanza ni comentario alguno, sólo la voz de la poeta recorriendo de poema en poema toda una vida literaria. La particular voz de Diana Bellessi que al calor de los cuerpos, como el perfume de las flores a la hora del rocío, alcanza su mayor expresión. Más allá del lirismo, el repicar de la pelota y las voces de los chicos que jugaban al básquet mientras hubo luz, hicieron de cable a tierra. Compás de la vida y sentido del mundo para no alejarse demasiado. Sin embargo, para cualquier avezado observador, nada fue antojadizo. Todos los sectores estaban representados, los viejos compañeros de rubro que hicieron época y evocaban un largo camino compartido, la crítica literaria, el periodismo cultural, la editorial que se amalgamó a la bohemia con dos mesas, una de buen vino y otra de venta de libros, los afectos personales, algunos compañeros de la vida cotidiana. Ningún detalle quedó librado al azar para celebrar una vida dedicada a la poesía que alcanza un punto de referencia. Las bodas de oro de un sacerdocio en el que Diana Bellessi ha perseverado con pasión. Atrás se escuchaba poco. Claudia le hacía señas a Diego, responsable del sonido. Tan responsable que quiso interrumpir la misa y se ligó una felpeada. Algunos como yo prefirieron ver desde afuera. Congo se trepaba a las ventanas para sacar fotos. Después recalaron en La gran Hollywood, la parrillita del barrio.

5 ago 2008

El padre revisitado


No siempre es tiempo de visita y tal vez deban pasar años antes que el recuerdo y aquel mar de sensaciones contradictorias que tienen que ver con el vínculo pasen a formar parte de una semblanza. La muerte física señala un límite categórico: no habrá más datos que agregar, todo lo que fue, fue, y punto final, sin embargo no todo termina ahí. Al menos no siempre. La “muerte del padre”, es un acontecimiento con tiempo propio, demorado e impredecible, en referencia al personaje que cada uno llegó a modelar en su interior, cincelado por las características personales y sus circunstancias. Un proceso interno del que dan cuenta una gran cantidad de obras literarias, de las que haciendo memoria -y no casualmente- llevo leídas varias. La muerte del padre, como epílogo de un largo proceso de elaboración y desprendimiento, parece ser una convocatoria difícil de resistir. De la respuesta depende quizás el resto del camino.
Al colombiano Jorge Abad Faciolince, le llevó casi veinte años aceptar la trágica muerte de su padre, médico, militante izquierdista, que dedicó su vida a luchar por políticas sanitarias para la prevención de enfermedades en los sectores más humildes, y fue vilmente asesinado. “…cada mes, cada semana, yo he sentido que tenía el deber ineludible, no digo de vengar su muerte, pero sí al menos de contarla.” “El olvido que seremos” es un relato autobiográfico sobre la vida de un personaje idolatrado, un padre amantísimo y ejemplar que soñaba con un mundo más justo y luchaba por sus ideales sin medir las consecuencias. “…si hubiera refrenado a veces su pasión de justicia, que a veces llegaba casi a convertirse en un fanatismo justiciero…” Un profundo homenaje y a la vez una búsqueda de humanización del ídolo. “No quiero hacer hagiografía ni me interesa pintar un hombre ajeno a las debilidades de la naturaleza humana.”Un dato conmovedor es que el título del libro “El olvido que seremos” fue extraído de un poema de Borges que el padre llevaba en el bolsillo en el momento de su muerte:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quién fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.

(J. L. Borges)

Nuestro Federico Jeanmaire, en su novela "Papá", hace el recorrido inverso. Describe una relación padre-hijo conflictiva, inmensamente distante, que no brinda demasiadas compensaciones. La muerte sin embargo no termina ni aclara nada. “A mi padre lo estamos velando desde hace dos años…”, comienza diciendo y más adelante: “…se me ocurre que velar la próxima muerte de otro no es sencillo”. Al final del trayecto, ¿cuándo qué?, habrá una segunda y definitiva muerte. “La escritura, esa cosa tan perfectamente incapaz, al igual que la vida, de responder ninguna otra cuestión que no sea su precaria y angustiosa necesidad de ser.”, dice al término de su reflexión, despojando al acto de escribir de todo sentido utilitario. Tal vez sea así, pero algo maravilloso habrá sucedido durante el proceso para cerrar el libro en paz y con la sabiduría de quien pudo entender. Un estado que se alcanza (coincido con el autor) con la perspectiva que da el paso del tiempo, pero sin duda nada comparable al ejercicio de poner el pasado en palabras y poder contemplarlo. Jeanmaire remata la novela con una anécdota familiar que le sirve de espejo y ajustada metáfora. La bronca y el dolor no dejan ver y el amor siempre salva. “Cosa rara el amor. / Casi imposible de escribir.”Philip Roth, dueño de una prosa maravillosa, tampoco faltó a la cita. En "Patrimonio- Una historia verdadera" hace una semblanza de su padre. Don Herman Roth, un verdadero personaje, vital, siempre en un rol protagónico, no era fácil de llevar. Padre e hijo mantenían una relación compleja, con muchas aristas sin pulir. El relato parte del diagnóstico de un tumor cerebral hasta la muerte del padre, al cabo de un largo y devastador proceso que sin embargo no fue en vano. El trabajo interno que inevitablemente hizo el hijo durante ese tiempo, mientras lo acompañaba hasta el último momento, permitió dejar atrás más de un resentimiento que los había distanciado. Le tocó pasar por el difícil trance de decidir el final. Operar o no operar. Mantenerlo con respirador artificial o dejarlo morir. “Voy a tener que dejarte ir, papá”, dice hacia el final, sabiendo que no puede oírlo.
Otro libro sobre el mismo tema, de lectura reciente, que me cautivó y mucho, es “El reflejo de las palabras”, del iraní Kader Abdolah. Leí la columna de Marcos Aguinis en La Nación y me contagió su entusiasmo. Una historia fascinante en sí misma, a la que además se suma la extrañeza de las diferencias culturales. Otra manera de relacionarse, otros valores, otra visión del mundo. Comienza en un pueblito montañoso de la lejana Persia, próximo a la frontera con la URS, antes del derrocamiento del Sha Reza Pahlevi. (Imposible no recordar la mirada de la princesa Soraya, en la foto que en ese tiempo recorrió el mundo entero, descartada y denigrada por no poder concebir) Hijo de una familia humilde y único varón, el narrador es el benjamín de cuatro hermanos. Establece con su padre sordomudo un vínculo muy estrecho. El niño es su intérprete y vocero, una especie de lazarillo que le abre camino hacia la comunicación y el conocimiento, haciéndose verdaderamente indispensable. Aga Khan, el padre, es un personaje rara sensibilidad. Incentivado por un tío, llevaba un diario en escritura cuneiforme, utilizando los símbolos grabados en una cueva del monte sagrado Azafrán, que hasta ahora nadie pudo descifrar, y cuya traducción, después de su muerte, se vuelve un imperativo en la vida del hijo.
En el mismo tema las mujeres parecemos ser más elípticas y fantasiosas. En su maravillosa novela "Resurgir", la canadiense Margaret Atwood, hija de un entomólogo que le trasmitió su pasión por la naturaleza, se sirve de un corto viaje a una isla del Quebec, que solían frecuentar en su niñez, como artificio para pensar el reencuentro. Una mujer llega a la isla en busca a su padre, del que se desconoce el paradero, acompañada por su pareja y un par de amigos. Su realidad actual, la gente que la rodea, parece no tener mucho que ver con ella, al menos con quien ella es realmente y tiene oportunidad de descubrir. Todo le recuerda a su padre y hasta le parece verlo en la vieja cabaña donde solía trabajar. El pasado vuelve y con él, el reconocimiento y la pertenencia. Un inolvidable momento de exaltación, donde todos sus sentidos aparecen alterados, hace de transición a un nuevo "resurgir".
Matilde Sánchez, en cambio, situó su relato en un angustiante contrapunto a miles de kilómetros de distancia. Toda su novela "La ingratitud" transcurre en el inútil intento de una mujer, que reside Alemania, por establecer un contacto efectivo con su padre que se encuentra en Buenos Aires. Lo único que obtiene son lacónicas respuestas en un papelito rasgado o comunicaciones telefónicas frustradas que truncan el anhelado diálogo. Elucubra las posibles causas, fantasea diversas situaciones, e inventa nuevas estrategias, en un extenso y agotador soliloquio que llega a su fin cuando puede pensar que en realidad, ella y su padre, siempre estuvieron en el mismo lugar.


3 oct 2007

El matiz de la herencia

Fragmento de la novela Respeto al Muerto de próxima publicación.

Hasibe. El nombre de la madre de mi padre, el de mi abuela, el mismo de la suya y así hacia atrás encadenada hasta el origen primigenio, dónde me llevaría ese nombre, en mis sueños más profundos, los que nunca se recuerdan, desde Palestina hacia Alejandría o Babilonia quizá, acompañaría a esas mujeres itinerantes, compartiendo sus ansias de paraíso perdido en la larga travesía al Islam, mujeres dispersas en la finísima red, tan lejos y tan cerca de la vertiente inexorable, para bien o para mal mujeres judías que arrastrando la diferencia llenaban sus canastas de frutos extranjeros, la sangre saborizada por nuevas especias y el alma esculpida en la emoción de otros paisajes, ése sería mi destino, vocear su legado en el nombre de ellas, mi nombre. Pero me llamo Nancy como si estrenara una historia. Nada más que “como” porque soy Hasibe en realidad, en el determinado llamamiento de mis ancestros, fatalidad o determinismo de la historia que hace sombra a las espaldas, nada es tan diáfano, todo se vislumbra bajo el matiz de la herencia.